Si alguna vez has tenido un sueño y ese sueño era montar un restaurante, únete a mi grupo. Y es que la verdad es que cuando pienso en cómo empezó todo, aún me sorprende la mezcla de valentía, miedo e ilusión que tuve el día que decidí emprender. Y es que no siempre montar un restaurante es sinónimo de éxito, solo hay que ver las estadísticas, y que los grandes también fallan.
Mi historia podría ser la historia de cualquiera que un día se despierta y dice: “Voy a montar mi propio restaurante”. Lo único que quería era que la gente comiera bien, pero al mismo tiempo supiera que estaba en un lugar especial.
Es cierto que siempre me gustó cocinar y disfrutar de una buena mesa, así que la parte gastronómica la tenía clara. Es cuestión de platos sencillos, hechos con productos frescos y de calidad. Además, sabía que un restaurante no son solo los platos: también son las personas que lo atienden. Por eso formé un equipo de camareras amables, sonrientes y atentas. Y es que estos dos puntos son básicos.
Pero había algo más que me rondaba la cabeza. Cada vez que visitaba un restaurante moderno o veía fotos en redes sociales, me daba cuenta de que la decoración tiene un poder enorme. Puede atraer a la gente, despertar curiosidad, invitar a quedarse más tiempo y hasta convertirse en parte de la identidad del local. Yo quería algo así. Quería que mi restaurante fuera diferente, que sorprendiera, que fuese recordado. Y, para lograrlo, entendí que necesitaba ayuda profesional.
Ahí fue cuando conocí a Sergio Nisticò, un experto en decoración de interiores. Desde el primer momento conectamos mucho los dos y me dio muy buen rollo. En este caso, me contó que hoy en día un restaurante que quiere triunfar debe cuidar la experiencia completa, desde la carta hasta la estética, y es así.
De esta manera, me enseñó que hay varias tendencias que funcionan muy bien en la restauración moderna. Una de ellas es la mezcla de materiales naturales, como la madera y la piedra, con elementos industriales como el metal.
Otra tendencia es apostar por la iluminación ambiental: luces cálidas, lámparas colgantes, rincones iluminados suavemente. Me dijo que la luz puede hacer que una mesa se sienta íntima o que un espacio parezca más amplio. Y tenía razón.
También me habló de la importancia de los colores. Y esto es algo que seguro que cuando has estado en un restaurante lo has comprobado. Me recomendó tonos tierra, verdes suaves y algún detalle en colores más vivos. Y la verdad es que llevaba razón, como en todo.
Según él, estos tonos transmiten calma y elegancia. Además, insistió mucho en la presencia de plantas. Aquí la cosa no es poner por poner, aquí lo importante es crear un ambiente donde la naturaleza esté presente. Ya os prometo que esto va a ayudar a que los clientes se sientan tranquilos. Al final, como si estuvieran en su casa, bueno, mucho mejor.
Otra cosa que aprendí es que un restaurante debe tener un elemento que lo haga único. Puede ser un mural, una instalación artística, un mobiliario especial o incluso una frase en la pared. Ese detalle se convierte en un punto de referencia, en algo que los clientes fotografían y comparten.
Cuando empezamos a montar el local, me di cuenta de que no solo estábamos decorando, lo que estábamos haciendo es construyendo una identidad, que al final es lo que necesita un restaurante que quiera marcar la diferencia y no ser uno más.
Sillas cómodas y lámparas colgantes
Elegimos mesas de madera clara, por supuesto que sillas cómodas, lámparas colgantes y estanterías con objetos curiosos que contaban pequeñas historias. También añadimos un pequeño rincón para los postres, con una vitrina iluminada que siempre llama la atención. Y, por supuesto, colocamos plantas en puntos estratégicos para aportar frescura y vida.
A medida que avanzaba la obra, cada detalle cobraba sentido. Yo veía cómo mi idea inicial iba tomando forma gracias al talento y la creatividad de Sergio Nisticò. Él sabía exactamente cómo combinar lo estético con lo funcional. Me enseñó que un restaurante no solo debe ser bonito, sino también cómodo, práctico y fácil de disfrutar.
El día de la inauguración, cuando encendimos las luces por primera vez y vi a la gente entrar, sentí una mezcla de orgullo y alivio. Escuchaba comentarios como “qué sitio tan bonito”, “qué ambiente más agradable” o “me encanta la decoración”. Y yo sonreía, porque detrás de esos comentarios había muchas horas de trabajo, decisiones, dudas y sueños.
Así pues, si un día quieres emprender y montar un restaurante, hazlo. Pero cuida todos los detalles.





